domingo, 25 de diciembre de 2022

"O que arde" (2019)

 


"Oliver Laxe incrusta su relato sobre un pirómano en una ficción seudodocumental preñada de infinitos matices, de la contemplación rural a la imposibilidad de ser aceptado"

Quim Casas (10 de octubre del 2019).
'Lo que arde', de Oliver Laxe: el fuego y la palabra. El Periódico.


miércoles, 7 de diciembre de 2022

"La dama del alba" (1944), de Alejandro Casona

Martín. Mientras fuimos novios, era eso que todos recuerdan: una ternura fiel, una mirada sin sombra y una risa feliz que penetraba desde lejos como el olor de la yerba segada. Hasta que hizo el viaje para encargar las galas de la boda. Con pocos días hubiera bastado, pero tardó varias semanas. Cuando volvió no era la misma; traía cobardes los ojos, y algo como la arena del agua se le arrastraba en la voz. Al decir el juramento en la iglesia apenas podía respirar; y al ponerle el anillo las manos le temblaban..., tanto que mi orgullo de hombre se lo agradeció. Ni siquiera me fijé en aquel desconocido que asistía a la ceremonia desde lejos, sacudiéndose con la fusta el polvo de las botas. Durante tres días tuvo fiebre, y mientras me creía dormido la oía llorar en silencio mordiendo la almohada. A la tercera noche, cuando la vi salir hacia el río y corrí detrás, ya era tarde; ella misma desató la barca y cruzó a la otra orilla, donde la esperaba aquel hombre con dos caballos...

Alejandro Casona: La dama del alba (1944)



Gustavo Pérez Puig (director): La dama del alba (RTVE)


jueves, 29 de septiembre de 2022

La lectura según Marcel Proust

"La lectura [...] es la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabidos llegar solos".

Marcel Proust



Paul Cézanne: Retrato de Gustave Geffroy (1895)


lunes, 5 de septiembre de 2022

"Léolo" (1992), dirigida por Jean-Claude Lauzon

 


«Es de las experiencias más fuertes que he tenido en una sala de cine. "Leoló" no se parece a nada, es la poesía más desgarrada hecha cine. Qué tristeza que su creador no volviera a hacer nada y que muriera tan joven y de forma extrema. No hay dudas de que el niño Leoló es Jean Claude Lauzon. Ninguno de ellos tenía demasiado futuro, estaban cercados por la locura, el sufrimiento y la autodestrucción. "Leoló" forma parte de mi alma. Yo también me emociono cuando escucho a Tom Waits cantar en esa película "Cold cold ground"».

Carlos Boyero (2008)
Entrevista digital. El País

domingo, 28 de agosto de 2022

"A Andrés Basterra", de Gabriel Celaya

         

            A ANDRÉS BASTERRA

Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
y me llamas "señor", distanciándote un poco,
reprobándome —veo— que no lleve corbata,
que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
que no sea el que exiges —el amo respetable
que te descansaría—,
y me tiendes tu mano floja, rara, asustada
como un triste estropajo de esclavo milenario,
no somos dos extraños.
Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
de las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

No sé si tienes hijos.
No conozco tu casa, ni tus intimidades.
Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
ni que escribía versos —siempre me ha avergonzado—,
ni que yo y tú, directos,
podíamos tocarnos sin más ni más, ni menos,
cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
anónimos, fallidos, descontentos a secas,
mas pese a todo unidos como trabajadores.

Estábamos unidos por la común tarea,
por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
por labores sin duda poco sentimentales
—cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
arreglar como sea esta máquina hoy mismo—,
y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
de los milagros machos,
de cómo estos esfuerzos eran nuestra sustancia,
y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
accesorias, gratuitas, sin último sentido.
Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
o sólo necesario.

Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
de materias primeras,
resistencias opacas, cegueras sustanciales,
ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
Tengo un título bello que tú entiendes: Madera.
Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
Robles de Slavonia y Abetos del Mar Blanco,
Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

Maderas, las maderas humildemente nobles,
lentamente crecidas, cargadas de pasado,
nutridas de secretos terrenos y paciencia,
de primaveras justas, de duración callada,
de savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
y el olor que expandían,
y el gesto, el nundo, el vicio personal que tenían
a veces ciertas rollas,
la influencia escondida de ciertas tempestades,
de haber crecido en esta, bien en otra ladera,
de haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
o a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
las hay que solo charlan y ponen telegramas,
mas sirven a su modo;
las hay que entienden mucho de amiantos, o de grasas,
de prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
las hay, como nosotros, dadas a la madera,
unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
las herramientas fieras del héroe prometeico
que entre otras nos concretan
la tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
la tuya, Andrés, la mía.
Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
pacífico y materno,
remotamente manso, durmiendo en su materia.
Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
transformándolo, fieros, construimos un mundo
contra-naturaleza, gloriosamente humano.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
la empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
tales son los orgullos, las rabias insistentes,
los silencios mortales, los pecados secretos,
los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
tales las resistencias no mentales que, brutas,
obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
tales sus peculiares maneras de no hablarse
y unirse, sin embargo.

Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
con manos que construyen armarios, y dinamos,
y versos, y zapatos;
con manos que manejan, furiosas, herramientas,
fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
y otras veces se quedan inmóviles y abiertas 
sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
Manos raras, humanas;
manos de constructores; manos de amantes fieles
hechas a la medida de un seno acariciado;
manos desorientadas que el sufrimiento mueve 
a estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

Están así los hombres
con sus manos fabriles o bien solo dolientes,
con manos que a la postre no sé para qué sirven.
Están así los hombres vestidos, con bolsillos
para el púdico espanto de esas manos desnudas
que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
todo junto, cualquiera,
todo único y sencillo, y efímero, importante,
como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
tan raros si nos miran seriamente callados,
tan raros si caminan, trabajan o se matan,
tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
el daño inevitable,
tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
tan raros que si piensan se doblan de ironía.
Mira, Andrés, a estos hombres.
Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
Dime que no vale la pena que hablemos,
dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
aunque ya nuestras fatigas no puedan explicarse
y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
aunque desesperados,
bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
metafísica rabia, locura de existentes 
que nunca se resignan, seguimos trabajando,
cavando en el silencio,
hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

                                                        [1949]



Federico Barocci (1535-1612): Estudio de una mano abierta

lunes, 25 de julio de 2022

"Meditaçao" (Astor y Luis Eça)

 


Luis Eça y Astor: Cada qual melhor (1961)



Wilhelm Weimar: Zwei Rosenblüten (1900) [detalle]



viernes, 22 de julio de 2022

"Ahora que...", de Joaquín Sabina


 
Ahora que nos besamos tan despacio;
ahora que aprendo bailes de salón;
ahora que una pensión es un palacio
donde nunca falta espacio
para más de un corazón.

Ahora que las floristas me saludan;
ahora que me doctoro en lencería;
ahora que te desnudo y me desnudas,
y en la estación de las dudas
muere un tren de cercanías.

Ahora que nos quedamos en la cama
lunes, martes y fiestas de guardar;
ahora que no me acuerdo del pijama,
ni recorto el crucigrama,
ni me mato si te vas.

Ahora que tengo un alma
que no tenía;
ahora que suenan palmas
por alegrías;
ahora que nada es sagrado
ni sobre mojado 
llueve todavía.

Ahora que hacemos olas
por incordiar;
ahora que está tan sola
la soledad;
ahora que todos los cuentos
parecen el cuento 
de nunca empezar.

Ahora que "ponnos otra y qué se debe";
ahora que el mundo está recién pintado;
ahora que las tormentas son tan breves
y los duelos no se atreven
a dolernos demasiado.

Ahora que está tan lejos el olvido;
ahora que me perfumo cada día;
ahora que, sin saber, hemos sabido
querernos como es debido
sin querernos todavía...

Ahora que se atropellan las semanas,
fugaces como estrellas de Bagdad,
ahora que casi siempre tengo ganas
de trepar a tu ventana
y quitarme el antifaz.

Ahora que los sentidos
sienten sin miedo;
ahora que me despido
pero me quedo;
ahora que tocan los ojos,
que miran las bocas,
que gritan los dedos.

Ahora que no hay vacunas
ni letanías;
ahora que está en la luna
la policía;
ahora que explotan los coches,
que sueño de noche,
que duermo de día.

Ahora que no te escribo 
cuando me voy;
ahora que estoy más vivo
de lo que estoy;
ahora que nada es urgente,
que todo es presente,
que hay pan para hoy.

Ahora que no te pido
lo que me das;
ahora que no me mido 
con los demás;
ahora que todos los cuentos
parecen el cuento
de nunca empezar.

Joaquín Sabina: 19 días y 500 noches (1999).
Letra: Joaquín Sabina, Pancho Varona y Paco Bastante.



Miguel Galano: Rosa (1997)


Catedral de Santa María de Regla de León

 


Foto de manuel m. v.





domingo, 3 de julio de 2022

"El balandrito" (1909), de Joaquín Sorolla

 


Museo Sorolla. Madrid.

"Esa pareja feliz" (1951), dirigida por Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga

 


"Fue la primera película que, bajo el tamiz de la comedia, se atrevía a hacer una leve -levísima- crítica social de la España de posguerra. 'Esa pareja feliz' fue la ópera prima de Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, dos de los mejores directores que ha tenido el cine español. Se trata de una comedia muy influida por el neorrealismo que llegaba de Italia.

La película la protagonizaron Fernando Fernán Gómez y Elvira Quintillá. Se rodó en 1951 pero no se pudo estrenar hasta dos años después, y en pleno verano con una calificación inicial de Segunda Categoría, lo que limitaba mucho su exhibición."

Boquerini (8 de julio de 2020)
"Esa pareja feliz, la unión de dos maestros del cine". El Correo.


sábado, 2 de julio de 2022

"Los asquerosos" (2018), de Santiago Lorenzo

 "Los elementos que aparecieron el primer fin de semana debían de ser los miembros directos de la familia ocupante. Los visitantes sucesivos debían de ser los primos, a los que siguieron los amigos y los amigos de los amigos. De ahí, a racimo. Porque todos se parecían, panes de la misma masa, o en las anatomías, o en los atuendos o en los usos o en las tres cosas. Entre tíos, cuñados y amistades, los que paraban en Zarzahuriel eran  muchos y de todas las edades.

A este conglomerado humano global y uniforme, Manuel pronto empezó a llamarlo La Mochufa.

Llegaban en tres o cuatro coches grandones, fuera de escala, aparcando ostentación en la patena zarzahurielense. Y con unos maletones de volumen considerable, para cursar tres o cuatro cambios de vestuario al día durante una estancia  de solo dos.

Llevaban encima las marcas de su raigambre, las señas físicas del secular hispano que tres o cuatro generaciones atrás se desplazó a la capital a buscarse buenamente la vida. Los vástagos de hoy, renegados y apóstatas, llegaban ejerciendo de urbanos supuestamente sofisticados. Les saltaban al aspecto los siglos de azada, forraje, moscas y grasas animales. Y sin embargo hacían chistes sobre los tufos del campo, alardeaban de su conocimiento del callejero capitalino, exhibían pegatinas del oso y el madroño y se reían de todo lo que veían en Zarzahuriel, con los aires colonizadores de los metropolitanos imperiales. Les hacía gracia tirarse pedos y eructos, como a cabestros en un cuartel chusquero.

Independientemente de cómo fuera la de sus ancestros, ellos no lucían expresión de listos. Su comportamiento no contravino nunca esta sensación. Los tanques en los que venían en convoy no pequeño diríanse antes adquiridos con el dividendo del pelotazo, la recalificación o el trafullo en la suspensión de pagos que con las rentas del talento. Les tiraba la ostentación, esa forma que tienen los advenedizos y los acomplejados  de expresar su confusa relación con su dinero.

Llevaban la marca de la ropa tan a a la vista que Manuel podía leer las letras desde el sobrado. Fuera de esto, iban muy rotulados de indumentaria, con mensajes que muchas veces resultaban de desconcertante desajuste. Había varios que tenían que sujetarse las barrigas a pulso con las manos, y vestían camisetas de gimnasios. Una que no salía sin las joyas llevaba en la camisa el circulito de los hippies. Otro muy asnal se presentaba con la leyenda Oxford University, desprestigiando a un claustro que no le habría admitido en la casa sabia ni como cadáver donado." [...]

Santiago Lorenzo: Los asquerosos (20218)





lunes, 23 de mayo de 2022

jueves, 12 de mayo de 2022

Giga de la suite nº6 para cello de J. S. Bach recompuesta por Peter Gregson


Peter Gregson: Bach. The Cello Suites  Recomposed by Peter Gregson (2018)
 

 CASTILLA

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo.

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Miguel de Unamuno




Cirilo Martínez Novillo: Belinchón (1983)
Colección privada

martes, 8 de marzo de 2022

"A Julia de Burgos", de Julia de Burgos


A JULIA DE BURGOS

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz;
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;
y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesanas hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta; yo no;
que todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres solo la grave señora señorona;
yo no; yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a todos,
en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento; a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas; a ti todos te mandan;
en ti mandan tu esposo, tus padres, tus parientes,
el cura, la modista, el teatro, el casino,
el auto, las alhajas, el banquete, el champán,
el cielo y el infierno, y el qué dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se lo debes,
mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor social,
somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la tea en la mano.

Julia de Burgos: Poema en veinte surcos (1938)






domingo, 30 de enero de 2022

"Interior (mi comedor)" (1909), de Wassily Kandinsky

 


Wassily Kandinsky: Interieur (Mein Esszimmer) (1909)