"En el imaginario colectivo de los griegos, Eros es una fuerza de la naturaleza, que está por todas partes y que hace sentir el deseo amoroso a los seres humanos. Es la fuerza que se manifiesta en la sexualidad. Si se controla ese deseo y se lleva por los cauces debidos, el resultado es altamente positivo; pero las flechas de Eros destruyen a quienes se dejan llevar por la pasión que provocan. [...]
Los griegos tenían una doble percepción de la sexualidad. Distinguían, por un lado, la atracción inmediata entre dos cuerpos, con una necesidad también inmediata de satisfacción física, que experimentaban por igual hombres y animales. Y veían, por otro, una sexualidad exclusivamente humana, que era más bien la respuesta física de un proceso mental; por eso se podía dirigir hacia objetivos que no fueran exactamente la reproducción y el placer que le sirve de instrumento. En las dos formas intervenía Eros, pero es en esta segunda en la que funcionaba un mecanismo erótico que se puede distinguir del sexual. La flecha de Eros es el impacto visual que produce la belleza del potencial objeto amado en el potencial sujeto amante. La respuesta en este es hímeros, el deseo amoroso, que pone en marcha el ritual del cortejo, con sus variados recursos. Se da por supuesto que el resultado final de esas actuaciones es la capitulación del objeto, lo que conduce a la relación sexual. Característica del ser humano es la capacidad de mantener el deseo amoroso en ausencia del ser amado; pothos, la añoranza, da nombre a esa vivencia.
En la interpretación platónica, la belleza del amado llena hasta tal punto de amor "divino", es decir, sublime, al amante que es capaz de proyectarlo sobre él, para recibirlo de nuevo, en una especie de efecto espejo. En la imaginación popular hay un Anteros, un hermano de Eros, que lanza sus flechas al amado para producir el amor de respuesta. Él es también quien castiga el desdén del amado frente a los inútiles afanes del amante, erigiéndose en vengador de su fracaso".
Raquel López Melero: Así vivieron en la Antigua Grecia
Copa de vino con escena erótica. Hetaira montando a hombre erecto (h. 480 a. C.)
