‒Debo contarle mi visión relativa a usted; ¡es tan extraño que tanto usted como yo hayamos tenido, cada cual de la otra, un sueño tan vivo, que cada cual haya visto, usted a mí y yo a usted, mirándonos tal como ahora nos miramos, cuando, claro está, éramos tan solo niñas! Yo era una niña de unos seis años, y me desperté de un sueño confuso y perturbador, y me encontré en una habitación distinta a mi cuarto infantil, enmaderado toscamente con cierta madera oscura, y que tenía armarios, y sillas, y bancos todo alrededor. Los lechos, creo, estaban todos vacíos, y en toda la habitación no había nadie aparte de mí; y yo, después de mirar a mi alrededor durante algún rato, y tras admirar especialmente un candelabro de hierro con dos brazos que, indudablemente, reconocería ahora, me arrastré debajo de una de las dos camas para alcanzar la ventana; pero cuando me levanté de debajo de la cama, oí gritar a alguien; y, levantando la mirada, cuando estaba todavía de rodillas, la vi a usted, sin duda alguna a usted, tal como la veo ahora: una joven y hermosa dama, con cabellos de oro y grandes ojos azules, y unos labios... tus labios... tú, tal como estás ahora. Tus miradas me fascinaron; me encaramé a la cama y te rodeé con mis brazos, y creo que ambas nos quedamos dormidas. Me despertó un grito; tú estabas incorporada, gritando. Yo me asusté, y me deslicé al suelo, y me pareció perder el conocimiento durante unos momentos; y, cuando volví en mí, volvía a estar en mi cuarto, en casa. Jamás he vuelto a olvidar tu cara. No podría engañarme el parecido. Tú eres la dama que yo vi.
Era mi turno de relatar mi correspondiente visión, cosa que hice, ante el no disimulado asombro de mi nueva amiga.
‒No sé cuál debería asustarse más de la otra ‒dijo, volviendo a sonreír‒. Si fueras menos bonita, creo que tendría mucho miedo de ti, pero, siendo como eres, y siendo tanto tú como yo tan jóvenes, tan solo tengo la sensación de haberte conocido hace doce años, y tener ya un derecho a tu intimidad; de cualquier modo, me parece como si hubiéramos estado destinadas, desde nuestra primera infancia, a ser amigas. Me pregunto si tú te sentiste tan extrañamente atraída hacia mí como yo hacia ti; yo nunca he tenido una amiga..., ¿encontraré ahora una? ‒suspiró; y sus hermosos ojos oscuros me miraron apasionadamente.
[Traducción de Gerardo Franco]