En comparación a las vastas constelaciones de ideas que forman el cuerpo de la novela, los cuentos son como estrellas fugaces que pasan ante nuestros ojos sorprendiéndonos, reconciliándonos con el sentido último de la fantasía. Joyas de origen y destino desconocido, historias intensas, piezas de aliento corto pero firme latido que sin embargo pueden, deben deslumbrar como soles. Están al servicio de algo siempre sorprendente y maravilloso: el tanteo de la belleza.