«—Cada palabra es una semilla —le explicó Avellana— que germina y crece cuando llega su hora. Por eso hay que pensar muy bien lo que se dice y lo que se escribe, para que no nazcan monstruos de ellas, sino maravillas.»
El Libro de la Cereza lleva estampado el sello de la singularidad, lo emotivo, la creatividad y el buen hacer.
El autor consigue sumergirnos desde las primeras páginas en un mundo de liberadora fantasía, nos lleva a evadirnos a un espacio irreal. Pero, al mismo tiempo -y he aquí uno de los grandes logros de la obra-, ese mundo nos resulta muy cercano, porque en él cobra especial importancia el espacio de la familia y la cotidianidad. Ese universo, a medio camino entre lo maravilloso y lo doméstico, está regido por sus propios principios siguiendo una lógica sin fisuras.
Especialmente emotiva es la relación que existe entre Cereza y su bisabuela Nonnia. En algunos momentos de la novela es posible que el lector detenga la lectura porque sus ojos se humedezcan, conmovido por la ternura que despierta el estrecho vínculo que une a estos dos personajes.
Con la precisión de un relojero, el autor engarza en la narración los recuerdos y hechos del pasado que dan sentido al presente en un marco que, paradójicamente, podríamos calificar como atemporal, propio del mito y del cuento. La obra está muy trabajada: presenta un estudiado engranaje narrativo y el estilo es elaborado.
Un libro que ayuda a crecer a los más pequeños y despierta al niño que los adultos llevamos dentro.
El aprendiz extasiado








