"Aunque hacía más de un año que Gerhard vivía en la ciudad, cada uno de aquellos recorridos era un misterio para él. Más que por calles y plazas, le parecía moverse por salas y corredores de una casa grande y desconocida, o descender por pozos abiertos en la roca estratificada. En determinados cruces y callejuelas, se acentuaba esta impresión. Gerhard no trataba de explicársela. A él le interesaban menos los monumentos y palacios, testigos de un pasado histórico, que la vida anónima que, poco a poco, como se forma una rama de coral, había ido construyendo la morada -su substancia anímica. Por ello, prefería los barrios que habían crecido ajenos a las reglas de la arquitectura, aglomerándose en el curso de los años. Innumerables seres desconocidos habían vivido, sufrido y gozado allí. Innumerables vivían aún. Los muros se habían impregnado de su esencia. Era una fuerza poderosa, sí, como un hechizo. Y a Gerhard le parecía que este hechizo podía revelársele de un momento a otro: por una carta, por un mensaje, por un encuentro o una aventura, como sucede en las cuevas encantadas y en los jardines de las hadas.
En aquellos paseos, Gerhard se sentía dotado de una gran sensibilidad. Era como una cuerda en reposo que casi ni necesita mano que la taña. Bastaba un soplo de aire, un rayo de sol, para hacerle vibrar. Lo intangible le rodeaba como un centelleo visible aun para ojos miopes".
Ernst Jünger: Un encuentro peligroso (1980)
Gustave Caillebotte: Rue de Paris, temps de pluie (1877)
