La novela puede resultar tediosa, pero a medida que avanzamos en la lectura de Bouvard y Pécuchet, los dos personajes protagonistas se nos hacen entrañables. Al mismo tiempo (y aunque resulte paradójico) burgueses bobos y ávidos devoradores de conocimientos, Bouvard y Péchuchet en ocasiones hacen observaciones a la par tan equivocadas y lúcidas como la siguiente:
Pero antes de instruir a un niño, habría que conocer sus aptitudes. Estas se intuyen por medio de la frenología. Se sumergieron de lleno en ella. [...]
No dudaron ya de sí mismos, y, llamando a sus dos alumnos, reanudaron el análisis de su cavidad craneana.
La de Victorine era en general uniforme, signo de ponderación; pero su hermano tenía un cráneo lamentable; un relieve muy pronunciado en el ángulo mastoideo de los huesos parietales indicaba el órgano de la destrucción, del asesinato, y más abajo una hinchazón era el signo de la codicia, del robo. Bouvard y Pécuchet se sintieron apenados por ello durante ocho días.
Pero es preciso comprender el sentido exacto de las palabras; lo que llamamos la combatividad implica el desprecio de la muerte. Aunque hace homicidas, puede igualmente ayudar a salvar vidas ajenas. El deseo vehemente de poseer engloba tanto la destreza de los rateros como el empeño tenaz de los comerciantes. La irreverencia es paralela al espíritu crítico, la astucia al comedimiento. Un instinto siempre tiene dos caras: una mala y otra buena. Se destruirá la primera cultivando la segunda, y por este método, un niño audaz, lejos de ser un bandido, se convertirá en un general. El cobarde tendrá la cualidad de la prudencia, el avaro la del ahorro, el pródigo la de la generosidad.
Un sueño grandioso se apoderó de ellos: si conseguían llevar a buen puerto la educación de sus alumnos, fundarían una institución con el fin de mejorar las inteligencias, domar los caracteres difíciles, ennoblecer los corazones.
Gustave Flaubert: Bouvard y Pécuchet