Tampoco se te escape la carrera
de los nobles caballos.
Ofrece muchas gratificaciones
el circo, en el que caben muchedumbres.
No son en absoluto necesarios
dedos que comuniquen tus secretos.
Ni debes recibir mensaje alguno
con los asentimientos de cabeza.
Te sentarás, pues nadie te lo impide,
lo más cerca posible de tu amada.
Arrima tu costado a su costado
cuanto puedas. Lo bueno es que la fila,
aun sin quererlo tú, fuerza a juntarse,
que tienes que tocar a la muchacha
por ley de aquel lugar.
En ese punto, busca algún principio
para una común conversación,
y que sean expresiones generales
las que den vida a tus primeras frases:
procura preguntarle interesado
de quién son los caballos que allí llegan,
y sin demora, apoya -sea cual sea-
al que ella apoye. Luego, cuando avance
el nutrido cortejo de los seres celestes
labrados en marfil, aplaude tú
a Venus soberana con entusiasta mano.
Si por casualidad, como es frecuente,
cae polvo en el regazo de tu amada,
habrás de sacudirlo con tus dedos.
Aun cuando sea inexistente el polvo,
sacúdele ese polvo inexistente.
Que resulte cualquier motivo válido
para mostrarte servicial. Si arrastra
por tierra el manto que en exceso cuelga,
recógelo y diligentemente
levántalo del sucio suelo. Al punto,
en pago a tu servicio, con la anuencia
de la muchacha, quedarán sus piernas
expuestas a la vista de tus ojos.
Además de eso, vuélvete a mirar
para que el que se siente tras vosotros
no le apriete, apoyando la rodilla,
su espalda delicada. Las minucias
cautivan los espíritus ligeros.
Ha sido provechoso para muchos
prepararle el cojín con presta mano.
Y ha sido útil, para darle aire
mover una tablilla fina, y bajo
su tierno pie poner escabel cóncavo.
Publio Ovidio Nasón: Ars amandi (2 a. C. - 2 d. C.)
[traducción de Juan Antonio González Iglesias]
Camposanto monumentale di Pisa
