lunes, 8 de marzo de 2021

"Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado", de Maya Angelou

 "Cada vez que respiraba, mi vestido de tafetán de color lavanda crujía y, al aspirar aire para exhalar la vergüenza, sonaba como el papel rizado en la parte trasera de un coche fúnebre.
Al ver a la Yaya poner volantes fruncidos en el dobladillo y plieguecitos muy monos en torno a la cintura, había comprendido que, cuando me vistiese con él, parecería una estrella de cine. (Era de seda, lo que compensaba su horrible color). Iba a parecer una de esas lindas niñas blancas que eran el ideal de todo el mundo, el sueño de un mundo como Dios manda. Delicadamente apoyado en la negra máquina de coser Singer, parecía mágico y, cuando me lo vieran puesto, vendrían corriendo a decirme: "Marguerite (algunos "querida Marguerite"), perdónanos, por favor; no sabíamos quién eras", y yo respondería generosa: "No, no podíais saberlo. Desde luego, os perdono".
Solo de pensarlo, pasé días enteros como si un hada me hubiese tocado con su varita, pero el sol de las primeras horas de la mañana de Pascua Florida había revelado que ese vestido era un remiendo feísimo de un desecho, en tiempos púrpura, de una mujer blanca. Era largo como el de una señora mayor, pero no ocultaba mis flacas piernas, untadas de vaselina y empolvadas con arcilla roja de Arkansas. Con su tono descolorido, hacía parecer mi piel sucia como el barro y todos los presentes en la iglesia estaban mirando mis flacas piernas.
¡Menuda sorpresa se llevarían el día en que despertara de mi feo sueño negro y mi pelo de verdad, largo y rubio, ocupase el lugar de la crespa maraña que la Yaya no me dejaba alisar! Mis claros ojos azules iban a hipnotizarlos, después de todo lo que habían dicho - que si mi "papá debía de haber sido chino" (creía que querían decir hecho de porcelana china, como una taza) y demás -, porque tenía ojos muy pequeños y estrábicos. Entonces entenderían por qué no se me había pegado nunca el acento del Sur ni hablaba la jerga común y por qué habían de forzarme para que comiese coles y morro de cerdo: porque era, en realidad, blanca y una cruel madrastra duende, celosa, lógicamente, de mi belleza, me había convertido en una chica negra fuertota, de crespo pelo negro y pies grandes y con un hueco entre los dientes por el que habría cabido un lápiz del número 2".
Maya Angelou: I Know Why the Caged Bird Sings (1969)
[trad. de Carlos Manzano]

Maya Angelou de niña
[foto tomada de: Heroínas]