- Govinda, amigo mío, por fin has dado el paso, por fin has elegido tu camino. Siempre has sido mi amigo, Govinda, y siempre has marchado detrás de mí, a un paso de distancia. Muchas veces he pensado: "¿No dará Govinda alguna vez un paso solo, sin mí, movido por su propia iniciativa?". Y ahora veo que te has hecho un hombre y has sabido elegir tu camino. ¡Ojalá lo sigas hasta el fin, querido amigo! ¡Y ojalá encuentres la liberación!
Govinda, que no había entendido cabalmente las palabras de su amigo, repitió en tono impaciente su pregunta:
- ¡Pero habla, por favor! ¡Te lo suplico, querido Siddhartha! Dime, pues no puede ser de otra manera, que también tú, mi sabio amigo, buscarás refugio junto al sublime Buda.
Y Siddhartha replicó, apoyando una mano sobre el hombro de Govinda:
- No has escuchado mis votos de felicidad, Govinda. Te los repito: ¡Ojalá sigas tu camino hasta el fin! ¡Y ojalá encuentres la liberación!
En ese momento Govinda cayó en la cuenta de que su amigo lo había abandonado y rompió a llorar.
- ¡Siddhartha! - exclamó sollozando.
Y Siddhartha le habló en tono amistoso:
- ¡No olvides, Govinda, que desde ahora eres uno de los samanas de Buda! Has renunciado a tu patria y a tus padres, a tu origen y a tus propiedades; has renunciado a tu propia voluntad y a cualquier sentimiento de amistad. Así lo quieren la doctrina y el Sublime. Así lo has querido tú mismo. Mañana te abandonaré, Govinda.
Largo rato continuaron deambulando ambos amigos por el bosque; largo rato estuvieron tendidos sin conciliar el sueño. Y Govinda preguntábale una y otra vez a su amigo qué motivos le impedían refugiarse en la doctrina de Gotama y qué le parecía reprobable en ella. Pero Siddhartha, eludiendo sus preguntas, le decía:
- ¡Date por satisfecho, Govinda! Excelente es la doctrina del Sublime, ¿cómo podría hallarle yo algún defecto?
Al despuntar el alba, uno de los discípulos más antiguos de Gotama recorrió los jardines convocando a todos los neófitos que hubieran abrazado su doctrina para imponerles el hábito amarillo e instruirlos en las primeras enseñanzas y obligaciones de su nuevo estado. Govinda se separó entonces de su amigo de juventud y, tras darle un nuevo abrazo, se sumó al cortejo de novicios.
Hermann Hesse: Siddhartha (1922)
