No estoy preparado para el amor de pareja: he infligido graves heridas y he sido herido. Quizá nunca esté preparado, pero eso es algo que no debe preocuparme. Este es el momento de empezar a reconciliarme con una infancia y adolescencia dolorosas; de dejar de escribir, aunque sinceros, toscos sonetos e iniciarme en la exploración de nuevas vías de escritura; de leer en profundidad la difícil poesía de Claudio Rodríguez y seguir manteniéndome en la sombra en las ocasiones en que sienta la llamada de consultar algún blog a cuya lectura nadie me ha invitado; de apuntar en la agenda las citas semanales al psicólogo; de liberarme de la esclavitud de la nicotina; de nutrirme de lecturas y de arte; de apagar mi sed no con cervezas, sino con las experiencias compartidas con aquellas personas a quienes siento tan cerca que ya forman parte de mí, sin perseguir el imposible de ser "músico total"; de nadar en la piscina municipal al menos dos veces por semana; de desapegarme más de lo físico y lo material y dedicar más tiempo a desentramar los entresijos del alma humana; de pasar la misma cantidad de tiempo en zapatos que en pantuflas; de seguir preocupándome por hacer bien mi trabajo, aunque a veces exceda la dosis de cafeína diaria recomendada. ¿Será que, a mis cuarenta y cinco años, la madurez está llamando a mi puerta? ¿O esta publicación será otro acto más de narcisismo?
El aprendiz extasiado