martes, 2 de junio de 2026

"El crisantemo y la espada" (1946), de Ruth Benedict


El modo japonés de enfocar la vida es justamente aquel que expresan las fórmulas del chu, ko, giri, jin y los sentimientos humanos. Para ellos, "el deber total del hombre" está parcelado, como un mapa que se divide en distintas provincias. Según afirman, la vida individual consiste en "el círculo de chu", el "círculo de ko", el "círculo de giri", el "círculo de jin", el "círculo de los sentimientos humanos" y muchos más. Cada círculo tiene su código especial detallado, y un hombre no juzga a sus semenjantes atribuyéndoles una determinada personalidad, sino diciendo de ellos que "no saben lo que es el ko", o "no saben lo que es el giri". En lugar de acusar a un hombre de ser injusto, como haría un norteamericano, especifican el círculo de comportamiento que no ha cumplido. En lugar de acusarle de egoísta o despiadado, los japoneses nombran la provincia particular cuyo código ha violado. No invocan ningún imperativo categórico ni ninguna regla de oro. La aprobación del comportamiento está relacionada con el círculo dentro del cual aparece. Cuando un hombre está actuando "por el ko" actúa de una manera, y cuando lo hace "simplemente por el giri" o "en el círculo del jin" actúa de otra —o al menos así les parece a los occidentales—. Los códigos, incluso dentro de cada círculo, están estructurados de tal manera que cuando las condiciones cambian puede ser necesario, y legítimo, un comportamiento muy distinto. [...]

A los occidentales no les resulta fácil creer en la habilidad de los japoneses para pasar de un comportamiento a otro sin ningún daño psíquico. En nuestra experiencia no entran posibilidades tan extremas. Sin embargo, estas contradicciones —según nos parecen a nosotros— se basan en su concepción de la vida de un modo tan profundo como las "uniformidades" del occidental en la suya propia. Los occidentales deben comprender, y esto es muy importante, que entre los "círculos" que dividen la vida de los japoneses no hay ningún "círculo del mal". Esto no significa que los japoneses no reconozcan la existencia del mal comportamiento, es simplemente que no ven la vida humana como un escenario en el cual las fuerzas del bien contienden con las fuerzas del mal. Ven la existencia como un drama que exige un cuidadoso equilibrio entre las exigencias de un "círculo" y las de otro, entre un modo de proceder y otro, siendo cada círculo y cada modo de proceder buenos en sí mismos. Si las personas se guiaran por sus instintos verdaderos, todo el mundo sería bueno. [...] Aunque en su origen todas las almas brillan por su virtud como una espada nueva, sin embargo, terminan oxidándose si no se mantienen pulidas. Esta "herrumbre de mi cuerpo", como ellos lo expresan, ocasiones el mismo deterioro que el que sufre la espada. Un hombre debe cuidar su carácter como cuidaría aquella. Pero su alma brillante y resplandeciente está aún presente bajo la herrumbre, y lo único que hace falta es pulirla de nuevo.